Lisbon revisited


Getafe, 18 de Agosto de 2022

No pasaba por Lisboa desde hacía más de diez años y la he encontrado optimista, luminosa y radiante como pocas veces. Siendo esto algo que recibí de forma estimulante porque, entre otras cosas, disparó mi fuga del atestado centro histórico de la ciudad para descubrir un ensanche vacío no ya de turistas, sino de lisboetas (!) que me regalaron una tramoya plena de art-decó y racionalismo arquitectónico. Algo que parecía causar estupor para quienes me acompañaban, que no ocultaban su desilusión por no encontrar su particular estampa melancólica de pared desconchada y azulejo roto.

Tengo la sensación de que la proyección de tantos recuerdos sobre un sentimiento, más que sobre un conjunto urbano, ha creado demasiados heterónimos de un Pessoa vivido por tanta gente que, aunque la ciudad se engalane, ya no será esa ciudad que jamás leyeron o conocieron. De poco sirve recordar que la Lisboa de hoy es más del Lobo Antúnes de las cicatrices del encaje postcolonial, que del Saramago de las moralejas, del rústico Torga o del Pessoa más existencial. Y quizás en ello resida su grandeza, ya que hoy por hoy Lisboa me parece tanto un efecto como un espejismo embebido en un pasado que ha olvidado su decadencia. Tanto así que me parece más una ciudad que ofrece más en sus fachadas, en calles o en su caótico orden que en el interior de sus museos. Una ciudad que todavía resuena telúrica en el rechinar de ruedas y raíles de sus tranvías. Una ciudad que resplandece bajo la lluvia al reflejarse sus brillos en el palacio de mármol que yace bajo nuestros pies. Si algo es, es en efecto un contraste. Un cúmulo de diferencias con otras ciudades, quizás más próximas en concepto pero más lejanas en el espacio, que sí conocemos bien y que nos anestesian paulatinamente en torno a la confianza de lo habitual y lo cotidiano, dirigiéndonos a la muerte por aburrimiento de la forma más plácida e inadvertida.

Por ello siento coraje al saber que no todos pueden romper el tedio de lo uniforme. El ruido de fondo. Y si hay alguna razón para viajar es esa. Así, cualquier desplazamiento se antoja necesario mientras se pueda, no ya para conocer nuevos espacios afinando los sentidos, sino para ventilar prejuicios, curarse de lo recursivo, y poder descansar, si el cerebro y/o el corazón no lo impide, de lo que más nos pesa: la costumbre.

Manual de instrucciones


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Getafe, 5 de febrero de 2022

Hace justo un año conocí a alguien que fue (y es, pero ya de otra manera) importante para mi.

No pudo ser. Las personas no tenemos manual de instrucciones.

Recupero varias reflexiones sobre ello:

Reflejos

Ser el reflejo de tu espejo
-sabes que esa fue toda mi intención-
para broncearte en abrazos de lágrimas, verdad y perfume
y habitar en tus sonrisas de tostadas con mermelada.
Ser tu fina ironía contracorriente sin miedo,
arrojando que «si el trabajo es salud, pues que trabajen los enfermos»
para curar el chupetón que te deja el violín cuando tocas,
-aunque lo tapes porque quizás no te guste-
Ser también la puntería que te despeje,
la que te apunte al ceño fruncido para confiarte pareceres
que desaten y relajen el nudo de mis contradicciones,
y te coronen como secretario de mis secretos.
Y regalarte, aquellos, los más emocionantes,
los que susurran la alegría animal
que interpreta el mapa de floración de los almendros.

Test de Rorschach

He firmado mi peor armisticio:
un contrato de afectos en números rojos.
Me he rendido de dar palos de ciego,
de erosionarme por el brillo de un tesoro
de hacerme girones, zurcirme, deshilacharme,
de romperme pantalones por el tiro,
y descomponerme en orbitales electrónicos.
He intentado hablarte, contarte y explicarme
desde un recio páramo seco
en lenguajes animales no comprendidos.
Expresarte lo más preciado y sincero,
vadeando el río de tu modo indicativo,
que no has de temer a las fuentes secas,
las metas volante sin gente,
los mensajes de whatsapp sin respuesta,
los esquivos cambios de rasante.
Representan lo que me pediste: el olvido, recuerda.
La pausa tridimensional que nos queda
sobre el ruido blanco de la espera.
Tersa, infinita como un mantra atemporal
sin convergencia en mi sistema de coordenadas.
La que aguarda su fraterno condicional
de un dulce recuerdo jamás arrepentido,
que aunque nos privara de la paz del lagrimal
encontró mi corazón en el lecho de tu río.

Nubes y claros

Hace tiempo que no escribo, que no me broto.
Siento esta sequía como consecuencia
del final de tu electroshock sin electrodos,
de nuestro acuerdo de silencio y olvido,
del ansioso síndrome de abstinencia.
Poco a poco se disipa la bruma que fuiste,
aunque insistes como un ruido blanco aprendido.
Ya no me pareces tan alto, tan inalcanzable
no eres más que un sencillo imposible falible,
otro humano con su nubosidad variable.
Ya no me duele verte al lograr relativizarte
ni me supones desequilibrios químicos.
Eres una cicatriz, una medalla elegante,
resonante exilio de tu gentilicio,
un hito en mi calendario fenológico.
Recuerdos que cada tiempo florecen
como desglosados escenarios súbitos,
que susurrando me aconsejan para ofrecerte
-si el destino me devolviera encontrarte-
el respeto que se brindan los desconocidos,
si tal vez, de nuevo, pudiera mirarte…

Volcán


Vesuvius Lava map (John Auldjo, 1832) | Map art, Cartography, Cartography  map

Getafe, 3 de octubre de 2021

El dia en el que el sistema Cumbre Vieja entró de nuevo en erupción, los medios centraron el foco en el suceso y lo convirtieron en noticia extendida a publirreportaje. Atendimos a geólogos, vimos clases de petrografía en directo y discutimos hasta sobre las teorías genéticas del vulcanismo canario. De forma repentina, la novedad inoculó interés en el paisanaje tertuliano ibérico por los procesos geodinámicos que estudian geólogos, geógrafos y otros profesionales de las ciencias de la tierra.

El fotogénico frenesí volcánico rompió el tedio de la siesta de uno de los domingos más aburridos del final del verano. Siendo este el primer volcán español de la era de información, el embrujo televisivo de la efervescencia abermellonada hizo por resucitar ciertas conversaciones tan moribundas como un río en un desierto. Hablar del volcán como interés o excusa fue más que una sugerencia. Se transformó de hecho casi en una obligación por su inefabilidad, pero también devino en una forma de enmascarar el cariño de un cómo estás o un qué tal, que en otras ocasiones hubieran sido más furtivos y esquivos.

Así ocurrió con alguien que es para mí un buen amigo, aunque creo que no lo sabe todavía, y quien, espero, pueda perdonarme el aprieto emocional en el que le puse. Charlando sobre el volcán y ante los datos que se conocían entonces en torno al volumen de magma en la cámara bajo las bocas eruptivas activas, le dije que esto se acabaría en ocho o nueve días, durando la erupción en torno a un tercio de tiempo de lo que duró la del Teneguía. Pero viendo el asunto hoy y en vista del desarrollo efusivo y explosivo de la crisis, esta tiene toda la pinta de continuar durante más tiempo, por lo que me siento preso de mis palabras a pesar de manejar referentes previos. Como es habitual, el tablero de mi existencia me hace contar con una escasa suerte que no duda en darme la espalda con recurrencia cuando tengo argumentos para razonar y, al mismo tiempo, la lógica de los acontecimientos me espeta que no he comprendido nada. En cambio, la intuición no me suele fallar ante lo inexplorado. Tal vez por eso no suelo tenerla en cuenta al empeñarme en llenar la saca de fracasos rebosantes de lógica cartesiana. Supongo que siempre se me hizo difícil comprender que la verdad muchas veces no tiene explicación, aunque sea pura como el ideal de justicia, como las transparentes buenas intenciones y como la belleza del corazón.

Puerto de montaña


Getafe, 1 de septiembre de 2021

Uno de los regalos que uno puede -y debe- hacerse es el viaje consciente. Sin conducir. Porque aunque llevando un coche pasemos por montañas, valles y otras formas caprichosas, no las atendemos por ir con anteojeras, poniendo los ojos a comer asfalto y la más vulgar señalética.

El tren todavía permite bucear en un paisaje visto de forma despierta aunque por desgracia no será por mucho tiempo. Me explico. La alta velocidad ha conseguido domesticar el relieve ibérico. Las largas rampas suaves, las trincheras, los túneles y las curvas de amplio radio han desvirtuado la imagen de una España de pueblos por los que se pasa pero no se para. En nombre de la eficiencia y el servicio público bajo la vindicación urbana, se nacionaliza cada día la imagen de nuestro país en la grisura de calles llenas de Starbucks, Mangos y Zaras. Hay otra España pero no existe.

Me levanto de la butaca del tren cuando veo que el paisaje reverdece con obscenidad, y me dirijo al vagón cafetería. Para quienes venimos de una hipersobrevalorada meseta desde el noventayochismo más castizo, tanto verde casi ofende. Estamos en La Robla y pasamos junto a su central térmica. El trazado se encañona y el Bernesga se estrecha. Casi se podría tocar la roca desde el tren. Dejo de ser geógrafo y miro por la ventana para dejar con la boca abierta al niño que llevo dentro. Poco a poco nos acercamos hasta Busdongo para enfilar el túnel de la Perruca y cruzar de valle. Al otro lado, en la vertiente Cantábrica, suele estar nublado pero hoy no es así. Hace un sol radiante que permite el contraste con una vertiente leonesa menos vigorosa. En cambio, ahora asoma entre brezos lo puro vertical. Vertiginosos precipicios y rosarios de angostos túneles. La bajada desde Pajares hacia el mar se traza con cuidadosa ejecución mientras el tren se atornilla a la ladera con lentitud…

Miro por la ventanilla el espectáculo de España mientras me como una bolsa de patatas con un Nestea. Un mar de aristadas cumbres con faldas en verdes progresivos me lleva pensar en las cercenadas visiones de nuestro país, y en la ignorancia de quienes en vez de mejorarlo al descentralizarlo montaron sucursales de incómodo centralismo.

Asimetría


Getafe, 12 de noviembre de 2021

Despliego una lámina del herbario. De un tamaño cercano al tabloide el papel amalfitano deja entrever las hebras en su gramaje. Es casi un lienzo que huele a polen viejo. En el centro, prensada, una ramita de Grevillea robusta se presenta sobre una leyenda. Sevilla, Parque de María Luisa, abril de 2006.

Observo una hoja desde el peciolo. Un borde elegante y romo, curvo como una catenaria, desarrolla un limbo impropio en la naturaleza. Al otro lado del nervio central la hoja se acaba dentando en varios cuerpos irregulares rompiendo la ajena simetría de otras especies ibéricas. La grevillea procede de Australia y con ella se hace arte noble. Remotas guitarras oceánicas se fabrican con la madera del mismo árbol que en Sevilla me parece una isla resonante.

Hace poco, charlando con Guillem Cano, ilustre geógrafo ‘penedesenc’, comentábamos acerca del aporte al acervo cultural de músicos nunca tomados suficientemente en serio. Algo así como si hubiera gente que pensara que no tenía derecho a un protagonismo más urbano. Quizás en la España de horizontes abiertos cuarteada por carreteras secundarias, la cultura de gasolinera, bastante más democrática que muchas brillantes imposturas urbanas, sí que supo comprender que un clarinetista egresado del Conservatorio Nacional de París, fuese tan rey del verano como lo fue Camela de las pistas de coches de choque. Y en eso reside su triunfo. Arribar a la cultura urbana desde los anaqueles de los casetes pasando por repetición y la autoparodia iterada anunciando un Galloper. En esa escalada resuena el recientemente fallecido Georgie Dann en una patria de macadam descolorido, arcillas mojadas y redondas copas de pino carrasco bajo un sol de optimismo sobre un horizonte de espuma marina, que nos alivia el trigémino al sonreír y nos dilata las pupilas. Esto debe ser el bello e íntimo encaje de la asimetría, que como con la hoja de la grevillea, también se hizo música.

Georgie Dann - Georgie Dann

Somnolencia


En algún tramo intermedio entre las estaciones de Atocha y Coslada, 9 de noviembre de 2021

Subirme a un tren vacío a estas horas es algo impropio, extraño. Es algo que está insistentemente mal. Algo que no es lo que debería ser. Es incredulidad que viste a paisaje y paisanaje ante un disperso horror vacui.

Tomo asiento mientras sostengo un libro que no leo. Observo el cruce de ojerosas miradas furtivas como si fueran haces de luz de los faros, y hasta la megafonía automática parece que ha perdido la sonrisa telefónica. Un silencio persistente se enhebra en el zumbido del motor que desarrolla un patrón continuo e hipnótico. Anestésico.

Mientras, doy rienda suelta a todo mi potencial vegetal mirando al horizonte por la ventana e intentando apaciguar la guerra de mis pensamientos. Mis ojos tragan postes, semáforos y andenes en los que casi nadie espera o se apea. Amanece, sí, pero todo tiene un aura tremendamente fantasmagórica.

De pronto, un resorte cerebral -muy tardío y lento como un relé telefónico- me da la respuesta. Es festivo en Madrid. Hoy no se trabaja. Sin duda he abierto los ojos pero se conoce que todavía no he despertado…

Alquimia


Coslada, 16 de noviembre de 2021

El consenso bien pudiera ser otro de esos animales mitológicos de este extraño bestiario de ocurrencias. Y no, no me refiero a aquello de llegar a la feliz convergencia entre humanos partiendo del desencuentro. Prefiero centrarme en algo, si se quiere más común pero no menos importante, como el misterio de la curación de los alimentos. Algo así como un feliz armisticio que equilibra las fuerzas de los ingredientes que, una vez cansados de luchar en un térmico campo de batalla, se rinden ofreciendo como respuesta el porqué de su combinación tras el alto al fuego.

Será la acción de otro ingrediente más, el más escaso y caro de todos, el tiempo, y lo que este, en función de la brujería viajera, es capaz de regalarnos hasta en la más sencilla receta. Algo habitual que en nuestra conciencia podemos constatar ante cocinados que, reservados en un tupper durante varios días, saben mejor pese a recalentarlos. Hasta unos sencillos chipirones encebollados recogen el conocimiento del recuerdo ofreciendo más sabor conforme pasan los días. Un acuerdo organoléptico que liga sabores y no existe recién salido de la sartén.

Ni qué decir tiene que el viaje resulta también definitivo. No sabe igual una tortilla en casa que en el monte, o hasta la más tonta tableta de chocolate tras despachurrarse por el calor y recuperarse en la nevera tras 24 horas en la mochila, parece rememorar el sabor infantil de las chocolatinas. Justo como ese pequeño bocadillo sobrante que, aplastado en una masa de pan gomoso, guarda el perfecto equilibrio entre pan y relleno. ¿Es cosa del aire de la sierra? ¿Es el papel de aluminio? ¿Es acaso conocimiento que adquiere el alimento como flaneur en el espacio y el tiempo? No sé qué extraña magia impera en ello. No sé qué designios se conjugan. ¿O tal vez quizás es más cosa nuestra? Supongo que la química cambia. El cuerpo muta tras las epifanías naturales por lo que nos acercamos a los alimentos de otra manera. En cualquier caso y sin duda alguna, siempre que sea posible, termina sabiendo mejor. Habrá que viajar más los cocinados y habrá que asomarlos a la ilusión del viaje. Cuanto mayor sea el conocimiento mejor ligará y mayor será su consenso.

Retorno a Witold Lutosławski


125 Moments: 107 Lutosławski's Third Symphony | from the archives

Madrid, trayecto de metro entre las estaciones de Plaza elíptica y Avenida de América, 22 de septiembre de 2021

Quizás porque me inspira más Echenoz que Murakami al leer sobre correr, le encuentro un significado al hábito saludable que transciende lo físico. Correr como escape de uno mismo en un intento de exiliar ideas, preguntas y sentimientos que no consigo despegar del cuerpo. Una manera casi satisfactoria de practicar el autoexorcismo.

Pero además, y como correr pone en forma, se puede uno abandonar al esporádico vicio del mejor fruto del horno postmoderno y la fermentación interrumpida: el croissant. No el mejor, ni el artesanal, sino aquel que en su diseño ni dulce ni salado envuelve la nada con masa crujiente. Aire bajo un hojaldre industrial que dice ser casero y hasta tradicional. Seguro que el Lipovetsky de la Era del vacío estaría encantado y horrorizado a partes iguales…

Conforme le doy bocados al croissant, pienso en la tradición, el oficio y la artesanía en la composición. Recalo en una interpretación de la 3a sinfonía de Witold Lutosławski que escuché hace días en la web de la radio polaca. Ejemplo de tradición, pero estéril, al dejar al compositor como el último gran exponente romántico sin sucesores, dicho esto sin criterio musicológico alguno salvo el que me sale del corazón. Así lo siento por la fascinación y obsesión que me produce ese harakiri sinfónico al que retorno con tiempo y que en cada lectura y escucha desvela alguna lógica oculta e ignorada. Sea la construcción de un anticlimax, las sirenas de toque de queda en los marciales metales, las zumbantes cuerdas ad libitum como enjambres de insectos o una sección central angustiosa, voluble y escurridiza como burbujeantes columnas de gas pero tan contundente como una remachadora industrial. Un paisaje siderúrgico que, sobre un puntillismo orquestal de orfebrería, funciona como un volante de inercia que nos vapulea con violencia para rememorar a Roussel y Brahms en la cantilena de un desamparado derrotado.

La patricia conducta de Lutosławski siempre negó cualquier relación política con su música, pero se me hace muy difícil separar su discurso de la sociedad de su tiempo. Pese al aire envuelto por otras músicas, lo que Lutosławski ofrece es un exorcismo no de ideas, sino de proteína pura.

Cumbres


Un libro que nos descubre todos los secretos del Moncayo

Granada, 27 de noviembre de 2021

La docencia guarda súbitos momentos de sorpresa que llegan sin avisar como las malas noticias. Instantes de lucidez y claridad que, tras la pandemia, apaciguan la resaca mental y el ruido de fondo generalizado al que nos hemos acostumbrado. Un ruido con nombre y apellidos que, desde la disrupción, emiten almas hechas girones de sus propias costuras, sean alumnos o profesores. Sacos de heridas. Mercenarios del momento. Una inconsciencia que salta como el azogue de las brújulas en adolescentes, con un comportamiento de encadenada acción escénica que me refleja en un funcionario de prisiones o quizás, en un operario de un hospital psiquiátrico.

Ante ese contexto, un día, hablando sobre una serie de montañas que los estudiantes debían apuntar para estudiar, pensé que, tal vez, debía presentarselas. Expuse imágenes del troncocónico Naranjo de Bulnes, del irregular, restallante de luz y romo Veleta y del pacífico y otoñal Moncayo. Pacífico, si, justo como en esta imagen con la que se hizo el silencio en clase.

Si el paisaje es cultura al plasmar la mirada de los humanos ante su acción sobre el territorio, también ha de ser sorpresa. Ante lo cotidiano de la grisura de nuestros espacios y montañas más cercanos, deberíamos procurar el viaje, así como la reivindicación al derecho de otros paisajes. Exponernos al impacto en nuestro corazón de las moles picudas de caliza y arreboladas de grana que se iluminan como rascacielos al atardecer y que refulgen como un acorde de mil trompetas habría de ser necesario. Sentir la negrura eléctrica de las pizarras, de su chasquido esquistoso al caminar sobre ellas o de sus láminas autobiográficas escritas con fósiles habría de ser vital. Creo, la verdad, que hasta un campo arcilloso pleno de ocres cosméticos tras la lluvia puede ser tan emocionante como un mosaico de solitarias encinas chaparras vistas desde la ventana de un tren. Lo que vemos nos habla.

Y tanto es así, que la simetría del horizonte embruja por el misterio de su lógica paz telegráfica, pero también, por una cordura natural que aterroriza. Ejerzamos nuestro derecho pues, a asomarnos al mito. Dejemos que nos devore el minotauro de nuestros laberintos. Busquémosle.

Monodosis


Desayunos: si son procesados no son saludables | OCU

Getafe, 3 de diciembre de 2021

He dicho alguna vez que desde que me despierto, me permito el ejercicio de la misantropía hasta que salgo entonado de la ducha antes de abordar el desayuno. Hasta el momento, durante el silencio del alba, se displiega un umbral de ruido, tan persistente, que expone la vida de los vecinos como un malestar que no permite despertar lentamente con tranquilidad. Mi vecina mayor, que está sorda es atendida por su cuidadora, una cubana que habla a voces como Celia Cruz. Mi otra vecina, una expeditiva ucraniana, cada vez que sale de casa golpea la puerta blindada en diez juegos de tres golpes mecánicos(pum pum pum…hasta diez veces), no sé si trazando un ritual masónico, una forma de despertador ex-soviético, o quizás una manera poco elegante de ver si la puerta se cierra correctamente por muy blindada que esté.

Con frecuencia, el bar que tengo dos plantas por debajo recibe el cargamento de cerveza en barriles metálicos que, al golpearse contra el suelo, ofrecen un sonido campaniforme, como de fragua. Cuando los colocan a las 8 de la mañana, el estruendo es tal, que el vecino jubilado del primero ofrece con algarabía un rosario de vitriólicos exabruptos y berridos, mientas acompaña su canto hablado con patadas al tabique que superan la sensibilidad de un sismógrafo. Junto al bar hay un restaurante asturiano en el que sirven cachopos por lo que, desde media mañana, se oye un rumor continuo. Un golpe seco y rítmico de la parte roma de un cubierto contra un filete que formó parte de un animal que debió pastar en mejores condiciones no hace mucho tiempo.

Con semejante trasfondo, entre ojeras, cabellos despeinados y boca yesosa, me despierto y me dirijo dando tumbos por el pasillo a buscar mi primera relación humana, la radio, antes de calentar agua para abandonarme a un té pu-erh con toques de limón. Elegancia entre legañas que me puedo permitir mientras arrugo la nariz ante semejante despliegue de sonidos.

Recuerdo entonces una clase de edafología en la que se habló sobre el uso de las arcillas en los medicamentos y como estas permiten la lenta liberación de sus principios activos. Algo así como la ironía y el sarcasmo a la hora de dosificar y neutralizar el veneno de nuestras lenguas…